domingo, noviembre 30, 2008

Impulsos

El paso del tiempo aumentaba el volumen de la oscuridad. A mayor duración, mayor era su continuidad y su poder sobre el caminante. Las sombras lo rodeaban y trataban de tentarlo a soltar los cuarzos, a rendirse y a ser consumirlo de un solo y fatal bocado.

Pero la caverna no ganaba, "el liberador de ozono" traía por dentro un fulgor que no estaba siendo apagado. Y con cada paso recorría imágenes y momentos, esencias y lugares compartidos.
Repasando, recuperando vivencias aún de los olvidos más profundos, también recibía sorpresas: no volvía a sentir lo que había sido sino que descubría por primera vez.
Día a día y noche a noche proseguía su marcha en ojotas y de la misma manera pero, ante las nuevas interpretaciones y saberes, los mapas se le ramificaban.

Y si bien aquel fulgor le inyectaba oxígeno, no era ese recordar lo que lo hacía seguir viaje. Suliban Kenobi no se sostenía de lo vivido para continuar camino, al contrario, sus pies iban tras lo que todavía le faltaba vivir.

La enfermedad como camino

...Cuando el individuo comprende la diferencia entre enfermedad y síntoma, su actitud básica y su relación con la enfermedad se modifican rápidamente. Ya no considera el síntoma como su gran enemigo cuya destrucción debe ser su mayor objetivo sino que descubre en él a un aliado que puede ayudarle a encontrar lo que le falta y así vencer la enfermedad. Porque entonces el síntoma será como el maestro que nos ayude a entender nuestro desarrollo y conocimiento, un maestro severo que será duro con nosotros si nos negamos a aprender la lección más importante. La enfermedad no tiene más que un fin: ayudarnos a subsanar nuestra "faltas" y hacernos sanos.

El síntoma puede decirnos qué es lo que nos falta. (...) Decimos reaprender, ya que este leguaje ha existido siempre, y por lo tanto, no se trata de inventarlo, sino, sencillamente, de recuperarlo. El lenguaje es psicosomático, es decir, sabe de la relación entre el cuerpo y la mente. Si conseguimos redescubrir esta ambivalencia, pronto podremos oír y entender lo que nos dicen los síntomas. Y nos dicen cosas más importantes que nuestros semejantes, ya que son compañeros más íntimos, nos pertenecen por entero y son los únicos que nos conocen de verdad.

Esto, desde luego, supone una sinceridad difícil de soportar. Nuestro mejor amigo nunca se atrevería a decirnos la verdad tan crudamente como nos la dicen siempre los síntomas. No es, pues, de extrañar que nosotros hayamos optado por olvidar el lenguaje de los síntomas. Y es que resulta más cómodo vivir engañado...