martes, enero 29, 2008

Cierra los ojos

boomp3.com

Como un cuento

fragmento de Momo...


Una tempestad de juego y una tormenta de verdad

Se entiende que al escuchar, Momo no hacía ninguna diferencia entre adultos y niños. Pero los niños tenían otra razón más para que les gustara tanto ir al viejo anfiteatro. Desde que Momo estaba allí, sabían jugar como nunca habían jugado. No les quedaba ni un solo momento para aburrirse.
Y eso no se debía a que Momo hiciera buenas sugerencias. No, Momo simplemente estaba allí y participaba en el juego. Y por eso —no se sabe cómo— los propios niños tenían las mejores ideas. Cada día inventaban un juego nuevo, más divertido que el anterior.
Una vez, era un día pesado y bochornoso, había unos diez u once niños sentados en las gradas de piedra esperando a Momo, que se había ido a dar una vuelta, según solía hacer alguna vez. El cielo estaba encapotado con unas nubes plomizas. Probablemente habría pronto una tormenta.
—Yo me voy a casa —dijo una niña que llevaba un hermanito pequeño—. El rayo y el trueno me dan miedo.
—¿Y en casa? —preguntó un niño que llevaba gafas—, ¿es que en casa no te dan miedo?
—Sí —dijo la niña.
—Entonces, igual te puedes quedar aquí —respondió el niño.
La niña se encogió de hombros y asintió. Al cabo de un rato dijo:
—A lo mejor Momo ni siquiera viene.
—¿Y qué? —se mezcló en la conversación un chico con aspecto un tanto descuidado—. Aun así podemos jugar a cualquier cosa, sin Momo.
—Bien, pero, ¿a qué?
—No lo sé. A cualquier cosa.
—Cualquier cosa no es nada. ¿Alguien tiene una idea?
—Yo sé una cosa —dijo un chico con una aguda voz de niña—: podríamos jugar a que las ruinas son un gran barco, y navegamos por mares desconocidos y vivimos aventuras. Yo soy el capitán, tú eres el primer oficial, y tú eres un investigador, porque es un viaje de exploración, ¿sabéis? Y los demás sois marineros.
—Y nosotras, las niñas, ¿qué somos?
—Vosotras sois marineras; se trata de un barco del futuro.
¡Eso es un buen plan! Intentaron jugar, pero no conseguían ponerse de acuerdo y el juego no funcionaba. Al rato, todos volvían a estar sentados en las gradas y esperaban.
Entonces llegó Momo.

La espuma saltaba furiosa cuando la proa cortaba el agua. El buque oceanográfico “Argo” cabeceaba majestuosamente en el oleaje mientras avanzaba tranquilamente, a toda máquina, por el mar del coral del sur. Nadie recordaba que un barco se hubiese atrevido a navegar por estos mares peligrosos, llenos de bajíos, arrecifes de coral y monstruos marinos desconocidos. Había aquí, sobre todo, lo que llamaban el “tifón eterno”, un ciclón que nunca descansaba. Recorría incansable esos mares buscando víctimas como si fuera un ser vivo, incluso astuto. Su camino era impredecible. Y todo lo que caía en las garras de ese huracán no volvía a aparecer hasta que quedaba reducido a astillas.
Bien es cierto que la nave expedicionaria “Argo” estaba muy bien preparada para un encuentro con el “ciclón andarín”. Estaba hecha enteramente de acero especial, azul, elástico e irrompible como una espada toledana. Y, merced a un sistema de construcción especial, estaba fundido enteramente de una pieza, sin ninguna soldadura.
Aún así, es difícil que otro capitán y otra tripulación hubieran tenido el valor de exponerse a estos peligros. Pero el capitán Gordon tenía mucho valor. Desde el puente de mando miraba orgulloso a sus marineros y marineras, todos ellos grandes especialistas en sus respectivos campos.
Al lado del capitán estaba su primer oficial, don Melú, un lobo de mar de los que quedan pocos; había sobrevivido a ciento veintisiete huracanes. Un poco más atrás, en la toldilla, se podía ver al profesor
Quadrado, director científico de la expedición, con sus dos auxiliares, Mora y Sara, que merced a su prodigiosa memoria suplían bibliotecas enteras. Los tres estaban inclinados sobre sus instrumentos de precisión y se consultaban en su complicada jerga científica. Un poco más allá estaba, en cuclillas, la bella nativa Momosan. De vez en cuando el profesor le preguntaba acerca de algún detalle de esos mares y ella le respondía en su hermoso dialecto hula, que sólo el profesor entendía.
El objetivo de la expedición era hallar las causas del “tifón andarín” y, de ser posible, eliminarlo, para que esos mares volvieran a ser navegables para los demás barcos. Pero, de momento todo seguía tranquilo, y no había indicio de tempestad.
De repente, un grito del vigía arrancó al capitán de sus pensamientos.
—¡Capitán! —gritó desde la cofa haciendo bocina con las manos—. Si no estoy loco veo ahí delante una isla de cristal.
El capitán y don Melú miraron inmediatamente a través de sus catalejos. También el profesor Quadrado y sus auxiliares se acercaron, interesados. Sólo la bella nativa se quedó tranquilamente sentada. Las misteriosas costumbres de su pueblo le prohibían mostrar curiosidad.
Pronto llegaron a la isla de cristal. El profesor bajó del barco por una escala de cuerda y pisó el suelo transparente. Éste era enormemente resbaladizo y al profesor Quadrado le costaba mucho mantenerse en pie. La isla era totalmente redonda y tenía un diámetro de unos veinte metros. Hacia el centro se levantaba como una cúpula. Cuando el profesor hubo alcanzado el lugar más alto pudo
distinguir claramente una luz titilante en su interior. Comunicó sus observaciones a los demás, que esperaban, atentos, apoyados en la borda.
—Según eso —dijo la auxiliar Mora—, debe de tratarse de una Cestapuntia briscatesia.
—Puede ser —dijo la auxiliar Sara—, pero también puede ser un Códulo leporífero.
El profesor Quadrado se enderezó, se ajustó las gafas y gritó hacia el puente:
—En mi opinión, tenemos que vérnoslas con una variedad del Comodus intarsicus común. Pero no podremos estar seguros hasta no haberlo visto por debajo.
Al instante se echaron al agua tres de las marineras que eran, además, submarinistas de fama mundial y que, mientras tanto, ya se habían vestido con sus trajes de inmersión.
Durante un rato, no se vieron en la superficie del mar más que montones de burbujas, pero de repente sacó la cabeza del agua una de las niñas, de nombre Sandra, que gritó con voz
entrecortada:
—Es una medusa gigante. Las otras dos submarinistas están atrapadas entre los tentáculos y no pueden soltarse. Tenemos que ayudarlas antes de que sea demasiado tarde.
Dicho esto, volvió a sumergirse.
Inmediatamente se lanzaron al agua cien expertos hombres— rana a las órdenes del capitán Blanco, conocido por el apodo de “el Delfín”. Bajo el agua comenzó un combate increíble, y el mar se cubrió de espuma. Pero ni siquiera esos valerosos marineros consiguieron librar a las dos chicas de los
terribles tentáculos. La fuerza de la gigantesca medusa era demasiado grande.
—Hay en ese mar alguna cosa —dijo el profesor, con la frente arrugada, a sus dos auxiliares— que provoca el gigantismo enlos seres vivos. Esto es sumamente interesante.
Mientras tanto, el capitán Gordon y su primer oficial don Melú, que habían estado conferenciando, habían tomado una decisión.
—¡Atrás! —gritó don Melú—. ¡Todo el mundo a bordo! Partiremos al monstruo en dos, si no, no podremos librar a las dos marineras. “El Delfín” y sus hombres volvieron a subir a bordo. El “Argo” retrocedió un poco y se lanzó después con toda su potencia avante, hacia la medusa gigante.
La proa del buque era aguda como una cuchilla de afeitar. Cortó la medusa en dos mitades, sin que a bordo se notara apenas un pequeño temblor. La maniobra no carecía de peligro para las dos submarinistas presas entre los tentáculos, pero el primer oficial había calculado su posición con la mayor exactitud y pasó por medio de las dos.
Al instante, los tentáculos del monstruo perdieron toda su fuerza y las dos prisioneras pudieron librarse de ellos. Fueron recibidas jubilosamente a bordo. El profesor Quadrado se acercó a las dos muchachas y les dijo:
—Ha sido culpa mía. No debería haberos enviado. Perdonadme por haberos puesto en peligro.
—No hay nada que perdonar, profesor —respondió una de las chicas con una risa alegre—. Al fin y al cabo nos hemos embarcado para eso.
A lo que la otra chica añadió:
—El peligro es nuestra profesión.
Ya no quedaba tiempo para más palabras. Durante los trabajos de rescate, el capitán y la tripulación se habían olvidado de observar el mar. De modo que sólo ahora, en el último instante, se dieron cuenta de que por el horizonte había aparecido el “tifón andarín” que se dirigía a toda velocidad hacia el “Argo”.
Llegó al barco una primera ola, impresionante, lo alzó en su cresta y lo lanzó por una sima acuosa de cincuenta metros de profundidad, por lo menos. De haberse tratado de una tripulación menos experta y valerosa que la del “Argo”, en este primer embate la mitad habría sido arrastrada por la borda, mientras que la otra mitad se habría desmayado. Pero el capitán Gordon estaba bien plantado sobre el puente de mando, como si no hubiera pasado nada, y toda la tripulación había aguantado del mismo modo. Sólo la hermosa indígena Momosan, no acostumbrada a los peligros del mar, se había
refugiado en un bote salvavidas.
En pocos segundos se oscureció todo el cielo. El torbellino se lanzó, ululante, sobre el barco, al que hacía saltar sobre las olas como un corcho. Su furia parecía crecer de minuto en minuto por no poder romperlo. El capitán daba sus órdenes con voz sosegada, y su primer oficial las repetía en voz alta. Incluso el profesor Quadrado y sus auxiliares seguían junto a sus instrumentos. Calculaban dónde debía estar el centro del tifón, pues hacia allí tenía que ir el barco. El capitán Gordon admiraba en
silencio la sangre fría de los científicos que, al fin y al cabo, no conocían el mar como él y sus hombres.
El primer rayo cayó sobre el buque de acero, que quedó cargado eléctricamente. Hacia cualquier parte que se extendiera la mano saltaban chispas. Pero todos, a bordo del “Argo”, se habían entrenado durante meses para ello. A nadie le importaba ya.
Lo único malo era que las partes más delgadas del barco, cables de acero y barras de hierro, se ponían incandescentes como el filamento de una bombilla, y eso dificultaba un poco el trabajo de la tripulación, aunque todos llevaban guantes de amianto.
Quiso la suerte que esa incandescencia se apagara pronto, porque comenzó a caer una lluvia tal, como nadie de a bordo —a excepción de don Melú— había visto jamás; una lluvia tan espesa que pronto desplazó todo el aire respirable. La tripulación tuvo que ponerse gafas y escafandras de submarinista.
Un relámpago sucedía a otro, un trueno a otro. La tempestad ululaba. Se levantaban olas enormes y blanca espuma. El “Argo”, con los motores a toda máquina, avanzaba metro a metro contra la fuerza incontenible del tifón. Los maquinistas y fogoneros, en el vientre del barco, hacían esfuerzos sobrehumanos. Se habían atado con gruesas sogas para que los bruscos movimientos del barco no los lanzaran hacia las fauces abiertas de las calderas.
Por fin llegaron al centro del tifón. ¡Qué espectáculo se les ofreció allí! Sobre la superficie del mar, liso como un espejo, porque la propia fuerza del huracán barría las olas, bailaba un ser gigantesco. Se sostenía sobre una pata, se ensanchaba por arriba y parecía realmente un trompo del tamaño de una
montaña. Daba vueltas con tal rapidez, que no se podían distinguir los detalles.
—¡Un Sum—sum gomalasticum! —exclamó entusiasmado el profesor Quadrado, mientras se sujetaba las gafas, que la lluvia le hacía resbalar una y otra vez.
—¿Puede explicarnos esto un poco más? —refunfuñó don Melú—. Somos simples marinos y...
—No moleste ahora al profesor con sus observaciones —le interrumpió la auxiliar Sara—. Es una ocasión única. Esa especie de trompo animal procede, probablemente, de las primeras etapas de la evolución. Debe de tener más de mil millones de años. Hoy no queda más que una variedad microscópica que a veces se encuentra en la salsa de tomate y, excepcionalmente, en la tinta verde. Un ejemplar de ese tamaño es, seguramente, el único superviviente de su especie.
—Pero nosotros estamos aquí —gritó a través del ulular del viento el capitán— para eliminar las causas del “tifón andarín”. Así que el profesor ha de decirnos cómo se puede hacer parar esa cosa.
—No lo sé —dijo el profesor—. La ciencia no ha tenido todavía ninguna ocasión de investigarlo.
—Está bien —dijo el capitán—. Primero le dispararemos y ya veremos qué pasa.
—Es una pena —se quejó el profesor— disparar sobre el único ejemplar de Sum—sum gomalasticum.
Pero el cañón contraficción ya apuntaba al trompo gigantesco.
—¡Fuego! —ordenó el capitán.
De la boca del cañón salió una llamarada azul de un kilómetro de longitud. No se oyó nada, porque, como todo el mundo sabe, el cañón contraficción dispara proteínas.
El proyectil luminoso voló hacia el Sum—sum, pero cayó bajo el efecto del trompo, se desvió, dio varias vueltas al monstruo y fue arrastrado hacia lo alto, donde desapareció entre las negras nubes.
—¡Es inútil! —gritó el capitán Gordon—. Tenemos que acercarnos más.
—Es imposible acercarnos más —respondió don Melú—. Las máquinas trabajan a toda potencia y lo único que logramos es que la tempestad no nos empuje más lejos.
—¿Tiene alguna idea, profesor? —preguntó el capitán.
Pero el profesor se encogió de hombros, al igual que sus auxiliares, que tampoco sabían qué aconsejar. Parecía que la expedición había fracasado. En ese momento, alguien tiró de la manga del profesor. Era la bella indígena.
—¡Malumba! —dijo con gesto elegante—. Malumba oisitu sono. Erbini samba insaltu lolobindra. Cramuna heu beni beni sadogau.
—¿Babalu? —preguntó sorprendido el profesor—. ¿Didi maha feinosi intu ge doinen malumba?
La bella indígena asintió repetidamente y contestó:
—Dodo um aufu sulamat vafada.
—Oi—oi —respondió el profesor, mientras se acariciaba pensativamente el mentón.
—¿Qué es lo que dice? —quiso saber el primer oficial.
—Dice —explicó el profesor— que en su pueblo hay una canción antiquísima, con la que se puede hacer dormir al “tifón andarín”, si es que alguien se atreve a cantarla.
—¡Qué ridículo! —refunfuñó don Melú—. Una nana para un tifón.
—¿Qué opina usted profesor? —preguntó la auxiliar Sara—. ¿Es posible una cosa así?
—No hay que tener prejuicios —dijo el profesor—. Muchas veces hay un fondo de verdad en las tradiciones de los indígenas. Quizá haya unas vibraciones sonoras determinadas que tienen alguna influencia sobre el Sum—sum gomalasticum. No sabemos nada acerca de sus condiciones de vida.
—No puede perjudicarnos —decidió el capitán—. Tenemos que probarlo. Dígale que cante.
El profesor se dirigió a la bella indígena y dijo:
—Malumba didi oisafal huna—huna, ¿vafadu?
Mamosan asintió y comenzó a entonar una cantinela muy peculiar que se componía de unas pocas notas que se repetían cada vez:
Eni meni allubeni wanna tai susura teni.
Se acompañaba con palmadas y saltaba al compás. La sencilla melodía y la letra eran fáciles de recordar. Poco a poco, otros fueron haciéndole coro, de modo que, pronto, toda la tripulación cantaba, batía palmas y saltaba al compás. Era un espectáculo bastante sorprendente ver
cantar y bailar como niños al viejo lobo de mar don Melú y al profesor Quadrado.
Y sucedió lo que nadie había creído. El trompo gigantesco empezó a dar vueltas más y más lentamente, se paró finalmente y comenzó a hundirse. Con el ruido de un trueno
se cerraron las olas sobre él. La tempestad acabó de repente, el cielo se volvió transparente y azul y las olas del mar se calmaron. El “Argo” se mecía plácidamente sobre las tranquilas aguas como si jamás hubiera existido una tormenta.
—¡Hombres! —dijo el capitán Gordon mientras los miraba a la cara, uno a uno—. ¡Lo hemos conseguido! —nunca hablaba mucho, todos lo sabían; por eso pesaba tanto más el que
ahora añadiera—: Estoy orgulloso de vosotros.

—Creo —dijo la chica que llevaba a su hermanito— que ha llovido de verdad. Yo, por lo menos, estoy calada.
Es verdad que mientras tanto había descargado la tormenta. Y sobre todo la niña con su hermanito se sorprendía de que había olvidado tener miedo al rayo y al trueno mientras había estado en el barco de acero.
Siguieron hablando durante un rato sobre la aventura y se explicaban detalles, los unos a los otros, que cada uno había visto y vivido para sí. Entonces se separaron para ir a casa y secarse.
Sólo había uno que no estaba del todo satisfecho con el curso del juego: el niño de las gafas. Al despedirse le dijo a Momo:
—En el fondo es una lástima que hayamos hundido el Sum—sum gomalasticum. ¡El último ejemplar de su especie! Me hubiera gustado poder estudiarlo un poco más de cerca.
Pero en un punto estaban todos de acuerdo: en ningún otro lado se podía jugar como con Momo.

Levitando

Estoy volviendo al blog.
Con post grande, en breve. A lo mejor con algo de música también.
Hoy: Novedades

La bienvenida es permanente :-)

sábado, enero 12, 2008

"Carricoches de miga de pan...

Hace mucho que no leía poesía
pero escuchaba a Sabina.

Y un día le preguntaron si llevaba tatuajes.
Ella dijo que sí.
Pero nunca le econtraron los dibujos.

miércoles, enero 09, 2008

El cielo de Ischigualasto

Roberto Pera no quería ni reflejos ni flashes de relleno: la última luz del Valle de la Luna cayendo sobre el costillar de un dinosaurio recién rescatado. Eso quería. Los paleontólogos sanjuaninos cedían, no del todo convencidos y demoraban, todo lo posible, el rescate. "Lleva millones de años ahí, qué le hace un par de horas más", dijo el fotógrafo. Los científicos, lentos, con un par de cepillos de mano para no dañar la pieza, hurgaban la arena en los alrededores de esos huesos inmortales. En sus manos llevaban vida, que ahora se había convertido en mineral pero que conservaba un carácter sutilmente sagrado. El ruido mínimo de los cepillos ocupaba el silencio en el atardecer lento. Salió entonces a caminar solo por entre las dunas. Caminó como cuidándose de no hundir los pies en la tierra. Caminaba y sabía que lo hacía unos centímetros por encima de esos huesos que, en su momento, dominaron el mundo. Supo que en Ischigualasto el cielo estaba debajo de los zapatos.

lunes, enero 07, 2008

El ocaso en la ciudad