jueves, marzo 17, 2005

Urgente

Se busca volver a la simplicidad.

Re: Cómo?!!!

A vos que esperabas un mail... va una web!!

¡¡¡¡Feliz cumple ludovik!!!!!!!!!!!!!!

Desde hace tiempo esta página te pertenece. Va un beso muy grande.

domingo, marzo 13, 2005

Sabelo III

Los principios tienen fin y no hay nada más intenso que un converso.

Después no digan que no fueron avisados. Hay mucho garca suelto.

lunes, marzo 07, 2005

Te doy una canción

CON DIEZ AÑOS DE MENOS
Silvio Rodríguez (Cuba) - 1977

Si fuera diez años más joven, qué feliz
y qué descaminado el tono de decir:
cada palabra desatando un temporal
y enloqueciendo la etiqueta ocasional.

Los años son, pues, mi mordaza, oh mujer;
sé demasiado me convierto en mi saber.
Quisiera haberte conocido años atrás
para sacar chispas del agua que me das,
para empuñar la alevosía y el candor
y saber olvidar mejor.

Esta mujer propone que salte y me estrelle
contra un muro de piedras que alza en el cielo
y como combustible me llena de anhelos,
de besos sin promesa y sentencias sin leyes.


Esta mujer propone un pacto que selle
la tierra con el viento, la luz con la sombra;
invoca los misterios del tiempo y me nombra.
Esta mujer propone que salte y me estrelle
sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.


Con diez años de menos, no habría esperado
por sus proposiciones y hubiera corrido
como una fiera al lecho en que nos conocimos,
impúdico y sangriento, divino y alado.

Con diez años de menos, habría blasfemado
con savia de su cuerpo quemaría los templos
para que los cobarde tomaran ejemplo.
Con diez años de menos, hubiera matado
sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,sólo y no olvidarle.

domingo, marzo 06, 2005

Sabelo II

Oiga Usted, no se necio. No confunda valor y precio.

Se puede cuando se quiere

Llueve. Es domingo por la mañana en Buenos Aires. Hay que estar en la cama, qué duda cabe. Sin embargo, frente al teatro Alvear hay una cola de gente de todas las edades esperando entrar. No van a ver Chiquititas ni a Erre Way ni a Serrat: el ídolo de estas multitudes es Juan Martín Maldacena, un físico argentino-genio, para más datos- que trabaja en la Universidad de Princeton (la misma que Albert Einstein, vea) tratando de encontrar las leyes de la naturaleza. Un teatro lleno escucha fascinado todo-lo-que-usted-siempre-quiso-saber-sobre-los-agujeros-negros y hasta se atreven a preguntar durante un buen rato.
El día anterior había ocurrido algo similar. Una charla sobre la belleza de la matemática (sí, leyó bien) había congregado otros cientos de personas para escuchar a Adrián Paenza disertando sobre infinitos más grandes que otros (sí, leyó bien). Y luego de la charla y los aplausos, el milagro: el público pidió un bis. Paenza, más Charly Garcia que nunca, ofreció una demostración del teorema de Pitágoras, fuera de programa. Una más y no investigamos más.
En las mesas del café científico, los becarios de investigación de la UBA se sentaron a tomar un café con quienes quisieran charlar un rato sobre la literatura medieval, los anticuerpos, la tecnología de los nuevos materiales o de los orígenes de los nuevos movimientos sociales. Claro, también hubo quien se sentó con el experto en endocrinología de peces a comentarle sobra la vida de su pez azul y rojo, tan vivaracho él, o quien se desahogó frente a una psicóloga experimental contándole sus angustias. O la onda levante en la mesa de café, que según cuentan no tuvo grandes resultados científicos. Aunque hubo ambientes adecuados, como lo que ocurría unos pisos más abajo, en el sótano de la percepción, en una sala oscura en la que un grupo de (muy) jóvenes y (muy) entusiastas investigadores mostraban las maravillas y secretos de un cerebro que quiere entender el mundo.
Éstos son sólo ejemplos de lo que ocurrió durante once días de noviembre: Buenos Aires Piensa, el festival de ciencias organizado por la Universidad de Buenos Aires y el Gobierno porteño, llevó a más de 60.000 personas a cientos de charlas, experimentos, muestras, exposiciones, películas y obras de teatro. Todo cambió.
Los organizados del evento están eufóricos con el resultado, y todos coinciden en que habrá que reincidir. Aún siguen frotándose las manos de alegría, por "la certeza de haber cambiado algo en la vida de quienes pasaron por allí, especialmente en los más chicos", según cuenta Claudio Pustelnik, jefe de gabinete de la Secretaría del Cultura y uno de los ideadores del BAP. Pero no sólo el centro de la ciudad pensó, ya que se organizaron muestras barriales itinerantes, que "hablan del potencial que se esconde en cada barrio", dice.
No fue sencillo que dos potencias se saludaran, pero funcionó: "Desde la Universidad cambió la forma de acercarse a la sociedad", asegura Jorge Medina, secretario de Ciencia y Técnica de la UBA. "Ya no va a ser lo mismo-afirma-; así como hubo una primera Feria del Libro, hubo un primer Buenos Aires Piensa y esperamos que toda la ciudad se empape de ideas científicas".
por su parte, Adrián Paenza, el padrino del evento, coincide en que "fue la primera vez, y ya tendremos en dónde pararnos, qué mirar, qué criticar, qué mejorar, qué incorporar y qué cambiar... pero necesitábamos que hubiera una primera vez". Si hay alguna crítica, para él tiene que ver con la falta de difusión adecuada: "Es imprescindible que el Gobierno, la UBA y los comunicadores entiendan que esto es casi una obligación que tienen con la sociedad".
En algo están todos de acuerdo: Buenos Aires seguirá pensado, y ya se está creando una comisión de trabajo para BAP 2006. Asimismo, el festival obliga a los distintos actores a seguir organizando actividades puntuales para el 2005, para darle una continuidad al evento. Pustelnik imagina un 2006 con "mayor exposición de adelantos tecnológicos, invitando a participar a empresas nacionales que desarrollen nuevas tecnologías y también mayor presencia de actividades artísticas que tengan a la ciencia como insumo de producción".
Algunas de las charlas se centraron en temas de interés social. Una de las más celebradas fue sobre la calidad de los alimentos y el "mal de las hamburguesas". Pero no sólo en la ciudad y la UBA se cuecen pensamientos. En el CONICET y en la SECyT ya andan maquinando eventos a nivel nacional: cualquier año de éstos se viene el Argentina Piensa... Aunque, como sintetiza Paenza, "para poder hacer una Argentina pensada, hay que pensarla primero y eso no se puede quedar reducido a unos pocos: la debemos pensar entre todos". A pensar, que se acaba el mundo.

Publicado por Diego Golombex en Revista TXT, del 26 de noviembre de 2004.
A falta de que los medios masivos se decidan a informar buenas noticias, es bueno aportar desde el blog.

miércoles, marzo 02, 2005

"La Dioli" (también conocida como la "Chuni Chuni")

Con su diminuta figura la abuela se pasea por la casa saludando a los espejos. Cada rincón conoce su risa, y ella recorre cada rincón tal vez buscando el baño.
De su boca nacen historias siempre incompletas. Pero siempre llenas de vida y de campo. Entonces cuenta, y aparecen los chicos jugando, y el nono, y todos sus hermanos. Cuenta y se ríe de nuevo.
Cuando me sorprende en algún pasillo o en alguna pieza me agarra las manos y nos ponemos a bailar, mientras que su presencia diminuta se hace gigante.
Es raro verla, a veces nos hace bien otras veces nos confunde.
Y es raro también ver como la tratamos los demás.
Todos a su manera y según el día que nos tocó vivir. A veces tratamos explicarle que tiene que aprender a sacarse los pañales, o sentarse en el inodoro, que no se tiene que preocupar si va a quedarse sola por unos minutos. Este método siempre fracasa y hay que repetirlo. Lo que ella comprende... al poco tiempo lo olvida para siempre.
Por suerte a veces la tratamos de manera diferente. Es cuando nos sumergimos en ese pedo atómico que convive en ella. Y entonces vale cualquier cosa, la realidad se pierde completamente y surge cualquier aventura.
Cuando sale de paseo, la abuela se hace dueña del tiempo y todo se produce lentamente. Su andar hace que me sienta incómodo pero me divierte. Ella saluda a todo el mundo y entonces los espejos parecen cobrar vida, y a cualquier desconocido tiene algo que decirle.
A veces llora la abuela, sin motivo. Su llanto se produce cuando esta demasiado quieta, tal se pierde pensando en alguna cosa o en algún recuerdo. Es triste verla así, pero tiene remedio inmediato. Alcanza con proponerle una aventura urgente, sin mucho invento, lo que surja y que le cause risa. Entonces ella una vez más olvida y se pierde en este mundo que le proponemos. Y quien sabe, tal vez sea feliz.



No hay moraleja posible cuando el Alzheimer invade la vida de tu familia.
Yo creo que desafortunadamente hay cosas irremediables. Combatir esta enfermedad es más bien una tarea de laboratorio que otra cosa.
Pero es posible aprender a convivir con lo que no podemos cambiar. Convivir y disfrutarlo también. Cómo les pasa a los enfermo de este mal, nosotros también tenemos el poder para vivir otra realidad y modificar algunas cosas. Lo único que nos diferencia es la posibilidad de elegir. Saquemos provecho de eso.

Estas líneas las escribí para un taller de teatro, en aquel momento mi abuela Deolinda vivía con nosotros. Hoy anda por los 84 años y su sonrisa sigue siendo ancha. Todavía no sabe que su nieto puso su nombre en Internet, mañana paso por el geriátrico y le cuento.

martes, marzo 01, 2005

Un poquito de Eduardo Galeano

La noche

Allá, en la infancia, Helena se hizo la dormida y se escapó de la cama.
Se vistió de punta en blanco, como si fuera domingo, y con todo sigilo se deslizó hacia el patio y se sentó a descubrir los misterios de la noche de Tucumán.
Sus padres dormían, sus hermanas también.
Ella quería ver como crecía la noche, y como viajaban la luna y las estrellas. Alguien le había dicho que los astros se mueven, y a veces se caen, y que el cielo va cambiando de color mientras la noche anda.
Aquella noche, noche de revelación de la noche, Helena miraba sin parpadear. Le dolía el pescuezo, le dolían los ojos, y se estrujaba los párpados, y volvía a mirar. Y miró y miró y siguió mirando, y el cielo no cambiaba y la luna y las estrellas continuaban quietas en su sitio.
La despertaron las luces del amanecer. Helena lagrimeó.
Después, se consoló pensando que a la noche no le gusta que le espíen los secretos.

Del libro Bocas del tiempo